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Un cuento de BrUjAs en San Valentín

               

 

Corazón Tierno

Aquella noche fría de febrero, a la bruja Claudia no se le ocurrió mejor cosa que desempolvar una de sus escobas de propulsión a estrellas, embadurnarse el rostro con ungüentos y precipitarse acantilado abajo como hacía antaño, cuando sus salidas a la intemperie de la noche no se hacían tanto de esperar. Hubo tiempos en que la peculiar naturaleza de su búsqueda encendía sus pasiones de aventura, enardecidas por cierta esperanza irracional en la consecución de sus fines, y entonces prodigaba los saltos al aire nocturno con una avidez desaforada, sintiéndose pletórica de magia y dejando los cielos surcados de polvos de estrellas. Pero el paso del tiempo le había hecho preferir el fuego confortable de su chimenea y un paulatino conformismo respecto a su soledad se había ido adueñando de su vida. De modo que durante meses sus escobas habían permanecido descuidadamente amontonadas en el trastero de sus aposentos privados, envueltas con montones de tupidas telarañas. Pero aquella noche de febrero, tras haberse despertado de su larguísimo sueño vespertino, se había observado atentamente a los ojos en el espejo de la cámara nupcial, mientras cepillaba su interminable cabellera negra, había sopesado la belleza inconmensurable de su cuerpo inmortal, y habiéndose percatado del brillo inmarchitable que florecía sin interrupción en el fondo de sus pupilas, había cogido inconscientemente su polvera de maquillaje de Egipto.

Así que dedicó todo su empeño, en las dos horas siguientes, a acicalarse el cuerpo de bruja que durante siglos había permanecido incólume al paso de las épocas. Cuando su rostro hubo adquirido el brillo de la eternidad, se vistió con una larga túnica negra ajustada a su cintura de odalisca y se calzó unos botines también negros de tacón alto que se le apretaban como un guante hasta la altura de la rodilla. Escogió su sombrero picudo más elegante, con una enorme hebilla de plata en el frente y forrado de lana por dentro para no constiparse. Llenó su bolso de bandolera de mejunjes para hechizos urgentes, roció el revés de sus orejas con esencia perfumada de almizcle y dio un beso de buenas noches a su lechuza Timotea, que la miraba con la aparente sorpresa incontenible con que suelen mirar las lechuzas. Aún no del todo repuesta de la fulgurante determinación de su decisión (estaba a punto de volverse atrás en su empeño), Claudia pasó revista a las escobas disponibles y escogió una preciosa, con un exuberante manojo de palmitos atado con varias cintas de seda multicolores y un mango de madera noble barnizada. Revisó el depósito de estrellas, que estaba prácticamente vacío, y lo rellenó con estrellitas mágicas recogidas a última hora del crepúsculo de una noche de luna nueva. Se la echó al hombro, tarareando una canción de brujas muy conocida, y se dirigió al borde del acantilado, sobre el que se dominaba buena parte de la ciudad e incluso el mar a lo lejos, en los días en que no aparecía la niebla. Se la ajustó bien entre las piernas, después de haberse enrollado la túnica a la cintura, y se dejó resbalar al vacío como a ella le gustaba, planeando al antojo de los vientos, antes de enderezar el rumbo. De modo que tras algunos baches atmosféricos sin importancia salió disparada dejando tras de sí un hálito de lucecitas diminutas.

Mucha gente confunde la estela que va dejando la escoba de una bruja con estrellas fugaces, y entonces se empeña en pedir deseos imposibles y se jacta delante de sus amigos de la suerte que ha tenido al poder contemplar un espectáculo semejante. Por eso no puede culparse a Cornelio, que tenía una afición considerable a acodarse noches enteras en el alféizar de la ventana de su cuarto mientras fumaba un cigarrillo tras otro, observando el cielo como si interrogase a la negrura de la noche, de que al ver a Claudia en la lejanía pilotando diestramente su escoba, la confundiera al instante con alguna estrella desprendida de improviso de las alturas, renegada o expulsada por algún motivo inconcebible de la bóveda celeste, y que sin duda iría a descalabrarse en el más remoto confín del universo, en una especie de basurero de estrellas moribundas o algo así. No obstante, no pidió ningún deseo. Era muy escéptico con respecto a la culminación de los deseos, de sus propios deseos. Además, en los planes de la gran mayoría de las personas, y mucho más en el caso de Cornelio, no entra nunca la posibilidad de ver brujas voladoras, lo cual es hasta cierto punto lógico.

La bruja Claudia siempre llevó una vida decente y ordenada, aunque también hasta cierto punto, claro. En sus buenos tiempos de bruja pícara y malévola había hecho gala de una arrogancia y de un orgullo que la hacían temible ante sus propias compañeras. Sus maleficios eran osados y temerarios, y muchas novicias e incluso brujas experimentadas alimentaban en silencio una envidia creciente que llegó a granjearle muchas enemistades dispuestas a hacerle la vida imposible. Con ocasión de un Aquelarre de Confraternidad celebrado durante la epidemia de peste que asoló Europa en el siglo XIV, y en donde se hacía un balance informal sobre los resultados de la campaña del último año, una de las participantes deslizó un bebedizo de su invención en el cáliz de nácar de Claudia mientras ella no se daba cuenta. Nada más mojar los labios en la pócima emponzoñada se sintió repentinamente mal, como fuera de sus casillas, y ante la sorpresa general propinó un solemne escobazo sobre la nariz de una de las jefas de brujas más importantes. Esta buena señora se sintió tan ultrajada por el golpe recibido y tan avergonzada por las risas burlonas de sus compañeras, que amenazadoramente se levantó, y señalando a Claudia con un dedo largo y torcido, le echó una maldición. Le vino a decir que hasta que no encontrara un corazón tierno entre los humanos estaría condenada a vivir sola y apartada del resto de las brujas. A Claudia se le ocurrió preguntar, inocentemente, que qué era un corazón tierno. La otra le contestó, entre risitas y con cierto aire de misterio, que ya sabría reconocerlo cuando lo tuviera delante. Claudia, por tanto, se retiró cabizbaja y dejó de asistir a aquelarres y a banquetes honoríficos, y se recluyó en un viejo caserón en las afueras de una ciudad cualquiera, dedicándose desde entonces a profundizar en el estudio de la alquimia, una de sus grandes pasiones. Y desde ese siglo XIV ha vivido sola y melancólica, a la espera de los corazones tiernos de los que no entiende nada en absoluto.

A Claudia le encantaba sentir posarse sobre su piel el viento marino, sazonado de las diminutas motitas de espuma que flotaban después de que las olas rompieran su furia contra las rocas del acantilado. Forzaba la velocidad de su escoba y se le ocurrían mil y una acrobacias aéreas. Practicaba temerarios rizos entre las nubes ensortijadas, se dejaba caer en picado aullando de placer, para después volver a enderezarse en el último segundo y hacer un arriesgado vuelo rasante rozando las antenas de televisión de los tejados y sorteando enormes edificios de hormigón. A continuación, para recuperar el resuello perdido, se sentaba en una nube confortable y observaba las luces de la ciudad mientras mordisqueaba una de sus larguísimas uñas. A Claudia también le gustaba, los días de lluvia, pasearse a medianoche por las azoteas solitarias, siguiendo los reflejos de las luces de los edificios más altos en los charcos nacientes punteados por multitud de gotitas de cristal, y sobre todo recostarse sobre nubes grisáceas a punto de reventar para ver caer la lluvia desde arriba. Le gustaba buscar su reflejo huidizo en todas las superficies imaginables del agua. A pesar de ser inmortal y del desgaste que esta contrariedad le acarreaba, se mantenía lozana y joven como una flor en el apogeo de su primavera.

El caso es que volviendo a esa noche fría de febrero, a Claudia le pareció tan extraño ver una ventana iluminada a unas horas tan intempestivas, la única entre todos aquellos mausoleos de apartamentos apagados rellenos de gente durmiente que pegó un brusco frenazo a su escoba y giró en dirección hacia esa luz, movida por la curiosidad. Se hizo invisible para poder fisgonear a su gusto. Acostumbraba a hacerlo cuando sentía cercana una presencia humana. Un hombre joven estaba recostado sobre la cama, leyendo un libro. Al poco rato lo había dejado sobre la mesita de noche y había apagado la luz. Cuando Claudia oyó la respiración tranquila del sueño se las arregló para deslizarse bajo la persiana y colarse en la habitación. Observó el rostro dormido del hombre, plateado de reflejos de luna. Las brujas en general, y sobre todo Claudia, son unas entrometidas incorregibles. Les encanta mirarlo y tocarlo todo. De modo que comenzó a hurgar entre sus cosas. Sobre una mesa cercana a la ventana, atestada de cachivaches, había un cenicero lleno de colillas hasta los bordes. Claudia hizo una mueca de desagrado y lo vació en la papelera que estaba bajo la mesa. Y después, tranquilamente, se sentó en la silla del hombre y hojeó sus papeles. Fue así como descubrió que ese hombre se llamaba Cornelio y que pintaba acuarelas muy bonitas de colores tan suaves como el agua, pero algo raras, porque por mucho que se esforzaba no lograba descifrar lo que representaban. Fue a causa de esos colores tristes y atractivos, difusos como la bruma marina, por lo que Claudia quiso saber más de Cornelio. Sacó su bola de cristal de una de sus mangas y sosteniéndola suavemente con la palma de la mano pronunció en voz muy baja unas palabras mágicas. Retiró la mano muy despacio y la bola de cristal quedó flotando inmóvil en el aire. Poco a poco se iba encendiendo, irradiando desde su centro haces de luz de un color blanco muy intenso, hasta que por fin la habitación adquirió un aspecto de hielo azotado por el brillo del sol, con diminutos guiños de estrellas zigzagueando en el espacio. Claudia investigaba el pasado de los mortales tratando de discernir el calibre de sus corazones. Y proyectándose de esa luz mágica salpicada por las paredes y el techo se podía vislumbrar a Cornelio en algunos episodios de su vida. Cornelio tenía una mirada compungida, preciosa. Fue lo primero que pensó Claudia al verle. Una mirada selectiva y dolorida, dulce y nada estridente. Se podía deducir por lo visto una vida solitaria a la que Cornelio no veía remedio, una sensibilidad y una delicadeza de pétalos de flor voluntariamente recogidas en el baúl de su corazón por una falta abrumadora de correspondencia. Pero esa joya, esa joya preciosa permanecía incólume a la espera de ser compartida, a pesar de las zarpas del destino hostil, de las muertes crueles, de las palizas de los padres, de la enfermedad que le atravesaba, heroicamente solo. Claudia pensó que ya estaba bien. La visión había sido tan vívida que no necesitaba más. Un poco aturdida, sin saber todavía por qué, recogió la bola de cristal y abandonó la habitación de Cornelio, con la extraña sensación de haber encontrado algo por casualidad, algo muy valioso.

Una especie de desasosiego de huracán se adueñó de la bruja Claudia a partir de aquella noche. Ya no quería encerrarse a solas en la mansión de los acantilados. Dio por terminadas las largas veladas ensimismada entre las tórridas páginas de los viejos maestros alquimistas, así como las pócimas de ancas de rana y los olores insufribles del azufre. Presa de una inédita pasión que la enloquecía a fuego lento, escrutaba el rostro de la luna desde los balcones para luego desplegar sus alas de bruja enamorada. Moldeaba copos de nubes y construía peldaños esponjosos hasta el cielo, o camas confortables de colchones de algodón sobre las que soñaba su amor suave con Cornelio. Después atravesaba el aire gélido de la ciudad y espiaba en silencio el hueco iluminado en el que se recortaba su perfil oscuro e inmóvil, hasta que por fin se decidía a acercarse más. Se apoyaba al otro lado de la ventana, por la parte de afuera y suspendida en el vacío, de puntillas sobre la fina madera de su escoba, nariz con nariz enfrente de Cornelio. Fingía que le besaba, que le acariciaba, quizá que le consolaba, amparada por su don de volverse invisible. Velaba su inquietud contenida, tan hermosamente callada, y cuando apagaba la luz y caía dormido entre las sábanas, Claudia siempre le dejaba algún regalo: una nube colgada en la lámpara de la habitación, un trocito de cielo o bien acordes de música susurrados tenuamente a sus oídos. Todos ellos se desvanecían con el resplandor de los primeros rayos de sol, y ella lo sabía, pero es que había encontrado un corazón tierno y ahora no sabía muy bien qué hacer con él.

Efectivamente, los corazones tiernos se reconocen cuando se ven, es inútil que alguien te los intente explicar. La bruja Claudia estaba hecha un lío. Si bien era cierto que la maldición había perdido su poder y Claudia podía volver con sus antiguas camaradas, también era verdad que los corazones tiernos tenían algo hechizante que te iba arrastrando sin que te dieras cuenta, como las mareas. El dilema era bastante peliagudo: o bien regresar o bien quedarse con Cornelio, eso suponiendo que existiera alguna forma de poder quedarse. En el fondo Claudia temía intimidarle si decidía aparecerse ante él. Como bruja no estaba nada mal, si se la comparaba con esos vejestorios de nariz de gancho que daban tan mala fama a la profesión. Pero, ¿Y si Cornelio se atemorizaba al ver una bruja de carne y hueso?. La decisión había de ser muy bien meditada, sin duda. Cuando las brujas tienen algún problema que las carcome, suelen acudir al órgano más cercano para desahogar sus penas con la música. Claudia se había hecho construir uno propio en el sótano de su casa, con largos tubos de madera que se elevaban hasta la chimenea, y cada vez que deslizaba los dedos por el teclado las hojas de los árboles se estremecían con el desgarramiento de sus interpretaciones de Bach, su compositor preferido. Las brujas también se refugian en las imágenes mágicas de sus bolas de cristal, pero esto no le servía a Claudia como remedio. Cada vez que intentaba interrogar a la suya sobre el futuro, ésta se mantenía tercamente muda. Una noche, mientras cocinaba lenguas de serpiente salteadas con cebolla y pimientos morrones, se preguntó si no sería mejor permanecer invisible y no mostrarse jamás a los ojos de Cornelio, ahogar definitivamente sus deseos por el bien de ambos.

Sí, esa era la solución. Claudia decidió permanecer invisible y calmar sus ansias acudiendo periódicamente a la ventana de Cornelio, para poder contemplarlo a sus anchas. Asimismo decidió continuar sus brujerías en solitario, por el momento, pues desacostumbrarse de la soledad después de tantos siglos se le antojaba sumamente difícil. Además, Claudia estaba triste y no le apetecía ver a nadie. A nadie excepto a Cornelio. Había noches, cuando regresaba de vuelta a la mansión, en que no aguantaba más y se ponía a llorar desconsoladamente. Sus lágrimas provocaban verdaderos chaparrones que iban regando las calles que sobrevolaba con su escoba. Tan triste se encontraba que ni siquiera se daba cuenta de lo que sucedía. Un martes y trece del mismo febrero, mientras se encontraba tomando el te con la lechuza Timotea, un mosquito descomunal de aviesas intenciones le agujereó el brazo y después se escapó zumbando alegremente tras esquivar el manotazo instintivo de Claudia. Esta se puso tan furiosa que adoptó inmediatamente la postura de hacer hechizos, con el ceño fruncido y los ojos medio de arpía, con los brazos extendidos como si fueran escopetas a punto de ser disparadas, y le lanzó uno terrible con la mala idea de desintegrarlo en pedacitos. Pero lo único que consiguió fue provocar una nubecilla color púrpura totalmente inofensiva a pocos centímetros de sus dedos y que el mosquito lograse salir indemne y colarse en el tarro de azúcar de encima de la mesita. Algún fallo técnico, pensó Claudia.

Sin embargo, había algo más. En los días sucesivos le asaltó una flacidez progresiva de los músculos y una sensación rara de debilitamiento, vaga y generalizada. Sus abracadabras no tenían ya el éxito de antaño: más bien eran un completo fracaso, y de tanto concentrarse en la acumulación de energía para la obtención de los hechizos, le dolían espantosamente los ojos y los brazos se le quedaban rígidos y amoratados. Qué me esta pasando, se preguntaba desesperadamente. Entre sus habilidades más espectaculares en cuestión de poderes sobrenaturales sobresalía el famoso truco del camaleón, que consistía en poder mudar el color de la piel a su antojo según la tonalidad del objeto que se hallase más próximo, o aquel otro de hacer añicos los espejos, cualquiera que fuese su tamaño simplemente con la intensidad de la mirada. Los practicaba sin cesar, en su gabinete privado de bruja, pero sin ningún resultado. Para colmo de males, su bola de cristal comenzaba a tornarse de un color grisáceo, gelatinoso como el chocolate fundido, y las cada vez más escasas imágenes que de ella recibía estaban plagadas de interferencias, como le ocurre a los televisores viejos gastados por el uso. Atacada de los nervios, echando rayos y centellas por la boca, se dijo que lo mejor sería dar una vuelta para tranquilizarse. Mientras atravesaba nubes blancas espesas como la nieve, a lomos de su escoba más querida, comenzó a fallarle el motor de estrellas. Un problema de carburación, probablemente, pues la estela que la perseguía no tenía el fulgor inmaculado característico que despiden las escobas en buen estado. Claudia no podía más. Se detuvo unos instantes al pie de una nube con forma de capullo de rosa y lloró de nuevo amargamente. Le venía a la memoria, una y otra vez, el recuerdo del rostro de Cornelio, ahora con más vehemencia si cabe. Súbitamente envalentonada, resolvió poner fin a la situación definitivamente. No vería más a Cornelio, y si las ganas se le hacían inaguantables se mordería los labios y se arañaría la carne hasta conseguir desterrarle de su mente por completo. Antes de sepultarse en la mansión de los acantilados para el resto de sus siglos, quiso contemplar por última vez el corazón tierno que había destemplado su vida. A duras penas conseguía dominar el timón de la escoba, reacia al mandato de sus manos, y a punto estuvo de chocar contra duras paredes de cemento. Pero una nueva sorpresa le aguardaba. No había luz en el cuarto de Cornelio, a pesar de que todavía era temprano. Se escurrió por debajo de la persiana y comprobó que no se encontraba dentro. Regresó hasta la ventana tiritando de aflicción y en el camino de vuelta a los acantilados la escoba se le rompió por la mitad, estrellándose en el pavimento de un callejón sombrío y solitario. Las brujas tienen la cabeza muy dura, y también los huesos, así que no es preciso temer por las consecuencias de su accidente. Había caído de costado sobre la acera, y cuando sintió una mano posándose sobre su hombro volvió lentamente el rostro hacia atrás. ¡Cornelio!, exclamó con voz trémula, reconociendo esa mirada compungida embriagadora y suspirando estrellitas de amor. Y curiosamente Cornelio reconoció también los ojos de Claudia, como si secretamente esos ojos le hubieran estado observando desde hacía mucho tiempo.

Publicado por Camille Stein

              

4 comentarios

  1. Mayson

     
    Hola, Bruji
    Nosotras, las mujeres en general, somos también un poco como Claudia:
    nos hemos acicalado y, casi siempre sin escoba, nos hemos lanzado al vacío, acompañadas de un halo de estrellas, para encontrarnos con el amor que nos estaba esperando.
    Sigamos siendo brujas SIEMPRE!!
     

    13 febrero, 2008 en 12:38

  2. Nono

    Hola mi brujita preferida:
    Me ha gustado el cuento, está muy bien escrito y expresa sentimientos preciosos. Al contrario que Mayson no creo que para encontrar el amor haya que lanzarse al vacío, el amor simplemente surge como por arte de magia y se reconoce fácilmente porque dejas de ser un egoista empedernido y comienzas a compartir tus interiores más íntimos.
     

    13 febrero, 2008 en 19:18

  3. nieve

    Hola cielo, que cuento más bonito. Y como parece un debate, yo tambien opino. Estoy de acuerdo con Caligula, el amor aparece sin esperarlo y no es necesario lanzarse al vacío, pero no nos engañemos, cuando te enamoras, realmente , saltas al vacío, sin mirar , ni pensar lo que pueda ocurrir.
    !Feliz día del San Valentín, preciosa!

    13 febrero, 2008 en 23:28

  4. cafelito

    Que  preciosidad de cuento.
    El amor es como tantas cosas en la vida, aparece cuando menos lo esperas, de nada sirve buscarlo, él vendra cuando quiera y entonces ya puedes hacer lo que sea que para nada te valdra, porque cuando te enamoras te enamoras .

    16 febrero, 2008 en 19:12

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